Caminar por las calles de Kuwait City es como estar dentro de una pintura en movimiento. Las fachadas de los edificios brillan con colores que parecen desmentir el cálido sol que cae sobre ellos. Aquí, el aire es denso y lleva consigo el olor a especias y comida callejera, una mezcla de aromas que te invita a explorar. Esta vez, he decidido aventurarme por el souk de Al-Mubarakiya, un laberinto donde las voces de los vendedores se entrelazan con el sonido de las risas.
Mientras camino, no puedo evitar mirar cada detalle. En una tienda, un anciano con un turbante me ofrece fe marroquí. El oro y la plata brillan a la luz del sol, y las monedas tintinean suavemente en su mano. Con cada paso, mi curiosidad crece. Busco algo auténtico, algo que pueda llevar conmigo como recuerdo, pero sobre todo, quiero sumergirme en la cultura local.
Después de un rato de explorar, decido intentar comunicarme en árabe. A pesar de mis limitadas habilidades lingüísticas, creo que puedo manejar una palabra sencilla que aprendí hace poco: "shukran", que significa "gracias". Me acerco a una joven que está exhibiendo coloridos pañuelos, y en un intento torpe, le digo "shukran" por un pañuelo que elijo. Sin embargo, cometo un pequeño error al olvidar que "shukran" se usa después de recibir algo. La joven me mira con una ceja levantada y suelta una risa contagiosa. En segundos, un grupo de personas alrededor también ríe. Un poco avergonzado, intento explicar mi confusión pero todo lo que logré es unirse a su diversión. Este momento, aunque incómodo, se siente genuino en medio de la bulliciosa atmósfera del mercado.
A pesar de la risa y el buen humor del grupo, el eco de preocupaciones recientes me acompaña. Cada vez que miro mi bolsillo, recuerdo las pérdidas económicas que han golpeado mi presente. El viaje a Kuwait City es un intento por escapar de esos problemas, buscar algo más en esta experiencia, pero las preocupaciones siguen acechando en mi mente. Bajo esa luz dorada, decido que deberé manejar mi presupuesto con más prudencia.
Cuando decido probar un plato local, una especie de kebab sazonado con especias que no reconozco, miro el menú cuidadosamente. Hay tantas opciones, y me atrae lo desconocido. Sin embargo, no puedo evitar dudar sobre si mi elección será buena o si me arrepentiré de gastar una parte significativa de mi dinero en la comida. Opto por el kebab, pensando que es una forma de sumergirme más en la cultura, aunque mi corazón late rápido ante la decisión. Después de un largo rato, el olor tentador de la carne asada disipa mis temores, y ya no me siento tan mal por mi elección. El primer bocado es una explosión de sabores que me hace olvidar los números en mi mente.
Al salir del restaurante, mientras digiero tanto la comida como la experiencia, una brisa suave me envuelve. Los sonidos de las calles van y vienen, pero mi mente está más clara ahora. Pienso en cómo este momento de conexión, aunque por una palabra torpe, ha marcado el inicio de un viaje hacia la verdadera esencia de esta ciudad.
La tarde se mezcla en un tapiz de colores y risas mientras me dirijo hacia la corniche. El horizonte del mar brilla a lo lejos, y por un instante, me da la sensación de que mi incertidumbre se disipa, aunque sea brevemente. Pero sé que, al final del día, volveré a la realidad que me espera. Sin embargo, mientras sigo caminando, me digo que ese pequeño error lingüístico y la risa compartida son bastante deliciosos. Al final, a veces esos momentos inesperados se convierten en los más memorables de un viaje.
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