«¿El cortado es para ti?», me preguntó el chico sin mirarme, dejando el vaso sobre el mostrador de hormigón como si llevara años poniéndolo exactamente ahí. Le dije que sí, aunque en realidad había pedido un espresso doble, y no corregí nada porque el cortado olía bien y ya no tenía energía para ser preciso con los desconocidos un domingo por la mañana en Ohio City.
Me senté en el banco largo de madera contra la ventana, ese que tiene la superficie tan gastada que parece barnizada con años de codos y bolsas húmedas, y puse la mochila en el suelo. Ahí fue cuando la vi otra vez: la costura lateral, en el lado izquierdo, abierta un centímetro más que ayer. O quizás dos. El caso es que lleva días cediendo en silencio, como esas cosas que decides ignorar porque enfrentarlas cuesta dinero que no tienes, y yo ahora mismo tengo literalmente cero, así que la estrategia de ignorar tiene cierta lógica de emergencia aunque también sea completamente idiota. La cremallera interior ya no cierra hace semanas. Hace catorce días perdí cincuenta dólares de dentro de un bolsillo que creía cerrado y resultó que no. No los recuperé. Eso fue lo que aceleró el problema de tener cero, aunque tampoco ayudaron los contratiempos de hace dieciséis días, ni los de hace diecisiete, ni los de hace dieciocho. Me gusta pensar que soy ordenado con el dinero pero las últimas tres semanas han sido una demostración bastante contundente de que no lo soy, o de que el mundo simplemente decidió ponerse en mi contra en serie.
El café, a pesar de no ser lo que había pedido, estaba bien. Bien de verdad, no bien por cortesía. Tiene una acidez limpia que no se aplana aunque se enfríe, lo cual me parece la prueba más honesta de si un espresso o lo que sea merece el precio. No me gusta el café que solo funciona cuando está a noventa grados y humeando; eso es trampa. Este aguantaba, y me quedé mirando la espuma durante más tiempo del necesario porque no tenía ningún plan concreto para la mañana y admitirlo en voz alta habría sido peor que simplemente quedarme quieto.
Entonces el hombre de la mesa de al lado me dijo algo. Cuarenta y pico años, chaleco de lino, esas gafas redondas que usan los que quieren parecer que no piensan en cómo parecen. «Pensé que eras Marcus», dijo, en un tono que asumía que yo sabía quién era Marcus, lo cual no era el caso. Le respondí que no, que me llamo Oscar, y él asintió despacio como si eso confirmara algo que ya sospechaba. «La barba», explicó, sin más, y volvió a su teléfono. Yo no tengo barba particularmente notable pero tampoco lo discutí. A veces la gente necesita que sus confusiones tengan una causa concreta y la barba es una causa razonable.
La mochila siguió en el suelo. La costura lateral siguió abierta. Me agaché en un momento y metí el dedo para medir cuánto había cedido, y la respuesta fue bastante, y dentro de ese bastante hay un trayecto directo hacia perder más cosas si no hago nada, pero hacer algo requiere dinero que no existe en este momento, lo cual convierte el problema en uno de esos círculos donde girar es lo único disponible. No es una situación dramática. Es simplemente incómoda de una manera práctica y constante, como tener una piedra en el zapato que no puedes sacar porque estás corriendo.
Pedí un vaso de agua porque el cortado era pequeño y porque es gratis y porque a veces hay que ser pragmático sin que eso te guste demasiado. La chica que me lo trajo tenía una pegatina en la camiseta que decía «en construcción» con una señal de tráfico, y no supe si era una declaración personal o simplemente merch del local. No pregunté.
La costura mide ya casi tres centímetros. La estoy vigilando.
Imprescindible en Cleveland, Estados Unidos
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