Cleveland quedó atrás esta mañana, y lo primero que Nueva York me dio fue una hora y media parado en un andén del metro en la calle 42, mirando una pantalla que decía "servicio interrumpido" sin más explicación. No había agente. Nadie en la cabina de información. Un letrero de papel pegado con cinta adhesiva sobre el mapa del corredor D que decía "use la línea A o la E" y punto, como si eso resolviera algo para alguien que todavía no sabe dónde diablos tiene que llegar.

Me quedé ahí más tiempo del necesario porque la mochila pesa diferente ahora. La costura lateral izquierda cedió ayer, a mitad de nada, y desde entonces el compartimento inferior cuelga en un ángulo que me obliga a compensar con el hombro derecho o apretarla contra el cuerpo con el brazo. Llevaba así todo el trayecto desde Cleveland, con un billete de cincuenta dólares que en algún punto entre el asiento y la sala de espera desapareció sin rastro, lo cual es el tipo de cosa que no te enfurece inmediatamente sino que te va cayendo encima durante horas, cada vez que buscas pagar algo y recuerdas que ya no está. Ayer fue el encuentro raro, el que no termino de entender del todo: una mujer en el hall preguntando por una dirección que no existía, anotando algo en un papel que nunca me enseñó, y desapareciendo por una puerta de servicio. Todavía no sé si fue descuido de su parte o del mío.

La línea A me dejó en Broadway Junction, que es el tipo de estación que parece diseñada para que te pierdas aunque hayas estado antes. Salí al exterior con la mochila apretada contra las costillas y el calor de julio pegándome en la nuca. El Hudson no se veía desde aquí pero se notaba en el aire, esa humedad que no es lluvia sino algo más denso, como respirar dentro de una bolsa de plástico tibia. Caminé hacia el oeste porque era la dirección con más sombra.

Terminé en una bodega en Hell's Kitchen, en la calle 47 casi con la Décima Avenida, buscando cinta de embalar de las anchas porque era lo único que se me ocurrió para frenar lo de la costura hasta encontrar algo mejor. El hombre detrás del mostrador tenía tres rollos distintos colgados en un gancho de plástico oxidado y me miró como si mi pregunta fuera innecesariamente complicada, que quizás lo era. La cinta gruesa valía cuatro dólares. Compré dos rollos porque con uno no iba a alcanzar y el resultado es funcional en el sentido de que el compartimento ya no oscila, pero la mochila ahora tiene ese aspecto de equipaje rescatado de una inundación.

Foley Square estaba a veinte minutos caminando y no tenía ninguna razón concreta para ir allá salvo que el nombre me había aparecido en el teléfono mientras esperaba en el andén y necesitaba un destino que no fuera el hostel todavía. La plaza no es gran cosa: un patio abierto rodeado de edificios federales con columnas que intentan parecer importantes, unas palomas gordísimas que caminan despacio porque pueden, y una fuente que a esa hora de la tarde ya estaba apagada. Me senté en el borde de piedra y abrí la mochila para revisar lo que había sobrevivido al viaje, que era todo menos el billete y la dignidad de la costura.

La cinta aguanta si no hago movimientos bruscos. Nueva York todavía no me ha dado nada, pero tampoco me ha pedido que me vaya.

Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos

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