Ayer perdí cincuenta dólares por una cremallera. No por un ladrón, no por un descuido monumental, sino porque el bolsillo lateral de mi mochila lleva semanas cediendo por la costura y en algún momento entre Cleveland y el mostrador de embarque se abrió del todo y ahí se fue, en billetes o en una tarjeta, no tengo del todo claro, lo cual es quizás lo más humillante de todo: ni siquiera sé exactamente qué se cayó. El caso es que hoy llegué a Boston con eso encima, el cierre roto asegurado con un imperdible que encontré en el fondo de la mochila, y cero fondos disponibles para lo que vendría.

Lo que vendría resultó ser Everett, no el Boston de los mapas turísticos. Tomé el primer vuelo de la mañana desde Regina y al aterrizar fui directo al metro, porque el metro es gratis con el pase que llevo encima y cualquier otra opción implicaba dinero que no existe. La línea naranja hasta Sullivan, el autobús 110 hacia Ferry Street, y de repente estás en otro país dentro del país: carteles en portugués y en español y en tigriña, una carnicería con la persiana metálica a medio bajar aunque son las once de la mañana, una panadería que huele a achiote y a café recalentado. Me senté en un banco de metal frente al Latin Café sin entrar, porque entrar y pedir algo era imposible, y me quedé mirando cómo la calle funcionaba sola.

Ahí fue donde vi al tipo con el carrito. Un hombre de unos cincuenta años, con una chaqueta de plástico azul que debió ser impermeable en otra vida, empujando un carrito de compras lleno de botellas reciclables. Se detuvo junto a una papelera, inspeccionó el contenido con una eficiencia que solo se aprende a base de repetición, sacó dos botellas, las añadió al carrito. Sin prisa, sin vergüenza, con la actitud de alguien que lleva la cuenta de lo que entra y lo que sale porque no hay margen para el error. Entendí eso de golpe, ese tipo de aritmética. Llevo semanas viajando con esa misma tensión de fondo, esa forma de calcular si puedo o no puedo permitirme una cosa concreta, y sin embargo yo tengo un vuelo de vuelta esta noche y él tiene un carrito de botellas. No son la misma situación. Pero la mecánica del recuento, esa sí la reconocí.

Caminé hacia Revere Beach por el Northern Strand Community Trail, que es básicamente un carril bici construido sobre una vía de tren abandonada y que tiene algo de obra inacabada permanente: postes de luz oxidados que nadie ha quitado, grafitis encima de grafitis encima de una capa de grafitis más antigua que probablemente nadie recuerda, el asfalto nuevo terminando de golpe y convirtiéndose en gravilla sin transición ni señal. Me gusta ese tipo de infraestructura, no porque sea pintoresca sino porque al menos es honesta sobre lo que cuesta mantener cosas. El cierre de mi mochila no lo arregló nadie tampoco.

En la playa de Revere hace un calor húmedo que pega la ropa a la espalda en cinco minutos. Hay familias con neveras portátiles, niños corriendo hacia el agua, un vendedor ambulante con un carrito de elotes que no tenía cambio o eso me dijo cuando le pregunté si aceptaba la moneda exacta que me quedaba. No me creyó o no le importó, que viene a ser lo mismo. Me alejé por el paseo marítimo con el imperdible de la mochila pinchándome la palma cada vez que la agarraba, pensando en que el vuelo de vuelta sale en unas horas y en que tengo que encontrar la forma de que ese cierre aguante otros tres días sin perder nada más.

El mar de Massachusetts tiene un color extraño hoy, entre gris y verde, como agua de fregar que no terminó de ensuciarse del todo.

Imprescindible en Boston, Estados Unidos

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