¿Qué haces cuando llevas el día entero sin gastar un euro, no porque seas disciplinado, sino porque literalmente no tienes nada con lo que pagar?
Eso es lo que me pregunté esta mañana sentado en el bordillo de Saint Clair Avenue NE, con la mochila entre las piernas y la cremallera abierta cuatro dedos, igual que ayer, igual que el día anterior, con el parche de cinta americana ya medio despegado por el calor húmedo de Cleveland en julio. No sé cuántas veces he intentado arreglar esa cremallera con lo que tenía a mano. La respuesta es suficientes como para saber que no funciona.
Entré en Danny's Deli, que está a un par de minutos caminando por esa misma calle, porque tenían el aire acondicionado a una temperatura que no corresponde con ninguna estación conocida y porque el tipo de detrás del mostrador no te mira si no le compras nada, lo cual me pareció un trato justo. Me senté en el taburete del fondo. No pedí nada. El ventilador del techo tenía una de las aspas un poco torcida y cada vuelta hacía un ruido como de carta vieja en los palos de una bicicleta. No sé cuánto tiempo estuve ahí.
Fue entonces cuando se sentó a mi lado un hombre de unos sesenta años, con esa clase de americana de cuadros que se compra en mercadillos y se lleva sin ironía. Pidió un café solo. Me miró de reojo y dijo algo sobre el calor, yo asentí, y de ahí pasamos, con esa facilidad extraña que tiene la gente mayor cuando no tienen ningún filtro social que conservar, a hablar de Cleveland, de los sitios que ya no existen, de los que siguen igual que hace treinta años. Me habló de un almacén reconvertido cerca de Collinwood que sirve como sala de conciertos solo los jueves. Me habló de una carnicería polaca en la que el dueño pone gratis un trozo de kielbasa con cada compra porque dice que así lo hacía su padre. Cosas así. Detalles que no están en ningún sitio.
Luego dijo que conocía un sitio para tomar algo, que era cerca, que yo no lo conocería. No era una pregunta. Me levanté y lo seguí porque no tenía ningún otro plan.
El local estaba en un semisótano, sin letrero visible desde la calle, con una puerta que chirriaba y una barra de madera oscura que debía de llevar ahí desde los ochenta como mínimo. Olía a freidora vieja y a algún ambientador de pino que no conseguía tapar nada. El hombre pidió dos chupitos de algo que no reconocí, pagó él sin preguntar, y yo no protesté porque, como ya he dicho, la alternativa era seguir sentado en un taburete sin pedir nada.
A la tercera ronda, que también pagó él, me contó que había trabajado para el servicio de inteligencia británico. Así, sin preámbulo. Dijo que durante el conflicto del Golfo estuvo destinado en Irak, que había cosas que había visto que no podía repetir, y entonces las repitió todas. Nombres en clave, nombres reales, operaciones que sonaban demasiado específicas para ser inventadas y demasiado disparatadas para ser verdad. Yo no supe en ningún momento si creerle. Tampoco importaba demasiado. Lo escuché. El tipo sabía contar.
Cuando salí a la calle, la luz ya había cambiado de ángulo y el asfalto de Saint Clair estaba ese color apagado que tiene justo antes de que anochezca. Revisé la mochila por inercia, la cremallera seguía igual, abierta esos cuatro dedos, con la cinta americana colgando. No había nada que robar de todas formas.
Lo del hombre sigue ahí, sin cerrar. No sé si lo veré de nuevo. Me dijo su nombre, pero no me lo voy a tatuar.
Imprescindible en Cleveland, Estados Unidos
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