«Vuelve mañana», me dijo el tipo ayer, cerca de la entrada del Mercado do Bolhão, y yo me quedé parado en la acera sin saber bien qué había querido decir con eso. ¿Vuelve a qué? ¿Para qué? Era uno de esos vendedores de puestos semifijos que tienen la costumbre de hablar como si hubieran tenido una conversación contigo antes, como si ya nos conociéramos de algo, aunque yo nunca lo había visto en mi vida. Me soltó eso, «amanhã», y se dio la vuelta hacia sus cajas de melocotones. Pasé la noche dándole vueltas porque no tengo nada mejor que hacer cuando no tengo dinero para hacer nada.

Y el dinero, sí, cero. No como en «andas un poco justo», sino cero literal, con decimales y todo. Lo que significa que esta mañana me fui a pié desde donde duermo hasta el Bolhão otra vez, correa de la mochila izquierda rota apoyada en el hombro derecho como si eso cambiara algo, que no cambia, lo único que consigue es que la tela se me clave en el lado contrario y lleve todo el peso torcido. He caminado así durante cinco días ya y en algún momento tendré que arreglarlo, pero arreglarlo cuesta dinero, y estamos en la situación que estamos.

El mercado estaba lleno de gente a las diez de la mañana, un calor húmedo que se metía por todos lados, ese olor a fruta madura mezclado con algo a pescado que viene del fondo y que nunca termina de integrarse bien. El puesto del tipo seguía allí. Él también. Y cuando me vio, ni siquiera levantó la vista del todo, solo señaló con la cabeza hacia una bolsa de tela que había dejado entre dos cajas de madera, y dijo algo en portugués que no entendí del todo pero que sonaba a «esto es tuyo», lo cual me desconcertó bastante porque yo no le había dejado nada a este hombre. Resultó que era una chaqueta, azul marino, bastante usada, con el cuello algo desgastado. No la mía. Me la quedé mirando un buen rato.

«De alguien que se fue», dijo, esta vez en un español que no esperaba, lento pero correcto. No dio más explicaciones. Yo tampoco pregunté. Me puse la chaqueta encima de la mochila como si eso resolviera algo, la doblé, y la metí donde pude sin desabrochar nada porque con la correa rota ya es bastante difícil acceder al compartimento principal. No sé si la chaqueta es un regalo o un traspaso o una manera de quitarse algo de encima. Me cayó rara la situación, no por el hombre, sino porque no tengo capacidad de discernir si algo así es generoso o simplemente desconcertante.

Estuve un rato largo en la Ribeira después, sentado en el bordillo del paseo mirando el Douro hacia el otro lado, la orilla de Gaia con los andamios en lo que parece llevar años siendo una obra sin terminar, el hormigón del muro delante de mí manchado por el nivel del río en distintas estaciones, marcas horizontales que nadie borró. No había nada que hacer allí tampoco, pero al menos estaba a la sombra y la gente pasaba bastante rápido sin fijarse en nadie. A lo lejos sonaba algo que podía ser música o podía ser una bocina de barco, no conseguí distinguirlo.

La chaqueta pesa poco. Eso, supongo, es lo mejor que puedo decir de ella ahora mismo.

Imprescindible en Porto, Portugal

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