Pasé la mayor parte de la mañana vagando por los mercados de Erbil, con la intención de encontrar algo auténtico que llevarme a la boca. Los puestos estaban llenos de frutas coloridas y especias que resaltaban sobre el hormigón gris de las calles. Me detuve al lado de un vendedor de pistachos, que estaba tan emocionado de hablar de su producto que se extendían las manos mostrando su mercancía como si fueran tesoros. "Prueba uno", me dijo con una gran sonrisa, y no pude negarme. El sabor salado y fresco todavía tiene un lugar en mi paladar mientras escribo.
Después de consumir un buen rato entre risas y fragmentos de conversación con el vendedor, decidí que era hora de encontrar un lugar para descansar. Fue entonces cuando me topé con un pequeño bar en una calle lateral, algo que podría pasar desapercibido si no estuviera buscando algo fuera de lo común. La música era suave, una mezcla de melodías tradicionales y pop moderno. Al entrar, el aire era más fresco que en las calles, y el aroma del café recién hecho llenaba el espacio. Me senté en una esquina, observando la interacción de los otros clientes con el personal.
Mientras intentaba decidir si un café turco o un té de menta sería la mejor opción, escuché a un grupo de personas hablando animadamente a mi derecha. De repente, uno de ellos pronunció el nombre de mi ciudad de origen. No podía creerlo. Miré hacia ellos, y uno de los hombres, notando mi sorpresa, se giró y me dijo: "¿De verdad eres de allí? Yo viví en tu misma calle hace años". Era un sentimiento extraño, una mezcla de confusión y sorpresa. La coincidencia era demasiado específica como para ignorarla.
Le conté que mis padres todavía vivían en la misma casa, y sus ojos se iluminaron. En ese momento, la conversación se volvió un poco más intensa, a medida que ambos compartimos historias sobre cómo había cambiado nuestra ciudad. Había una calidez en la charla, pero también un aire de nostalgia que me empujó a pensar en lo que había dejado atrás. Hablando de recuerdos específicos, como la panadería que solía visitar después de la escuela, el nombre de la calle brillaba como una luz en un oscuro laberinto.
Decidí pedir un café, ya que la conversación fluía bien. Pero antes de que llegara, las cosas empezaron a salir de control. Un pequeño grupo de nuevos clientes llegó, y de pronto el bar se convirtió en un bullicio ensordecedor. Un camarero trató de interrumpir la música bajando un poco el volumen, pero el lugar estaba inundado de risas y charlas. Tuve que inclinarme hacia la mesa para seguir el hilo de la conversación. A veces me perdía en las palabras, sin poder conectar del todo en el jaleo. Pero había algo en el ambiente que hacía que todo fuera mucho más interesante, aún con el ruido.
El café por fin llegó, servido de manera casi ceremoniosa. A medida que lo saboreaba, me di cuenta de que aunque el lugar estaba lleno de caos, había un calor humano que emanaba de las interacciones. La comida, la cultura y sobre todo, esas conexiones inesperadas que se producen en los rincones menos imaginados de una ciudad.
No sé si volveré a Erbil o si este momento será sólo un recuerdo. Pero mientras el bullicio continúe y la música suene, me siento algo menos distante. Al salir del bar, en vez de desear escapar del ruido, decidí irme caminando por las calles, disfrutando de los colores y la vida que se despliegan a mi alrededor. La conexión que había encontrado, aunque pequeña y efímera, era real.