Caminando por las calles de Ad Dammam, un olor fuerte a especias me golpea de inmediato. No sé si es el mercado de alimentos que visité o una cocina cercana, pero es tan penetrante que me cuesta pensar en otra cosa. Me encuentro entre los puestos llenos de frutas exóticas, casi inundado por el colorido de los limones gigantes y las granadas. Sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco perdido. A pesar de las recomendaciones que recibí, sobre cómo comerciar con los vendedores, la verdad es que miro más de lo que compro y eso, quizás, no me hace ver tan interesado.
Decido entrar en un pequeño café, uno de esos que tiene un aspecto desgastado que parece que ha visto mejores días. La dueña, una mujer mayor con una mirada sabia, me ofrece un café árabe que, según dice, es su especialidad. Trato de recordar si ya he probado algo así antes, pero no se me ocurre nada parecido. El café tiene un regusto que, de alguna manera, encierra la calidez del lugar, pero también un poco de amargor que me hace preguntarme si era buena idea tomarlo. La mujer me sonríe mientras me sirve, pero noto que no le gusta mucho que le pregunte sobre la receta. Quizás no quiere compartir sus secretos.
Mientras estoy allí, me doy cuenta de que el lugar está lleno de clientela local, lo cual es un buen signo, pero a la vez me hace sentir fuera de lugar. Me siento un poco como un intruso en su rutina; están conversando animadamente en árabe, abriendo cajas con dulces llamativos que nunca había visto, riendo entre ellos. Por un momento, dudo si quedarme un rato más, pero al final me quedo para observar. Hubiera querido preguntarles sobre esos dulces brillantes, pero me detengo, mis palabras no fluyen tan fácil esta vez.
Cuando termino el café, miro mi reloj y me doy cuenta de que he perdido más tiempo del que pensaba, especialmente tras el ajetreo reciente que no ha sido amable conmigo. Las demoras que he tenido en el camino me han dejado un poco desmotivada, y ahora dudo en qué dirección ir. Se siente como si cada pequeño contratiempo acumulado me estuviera pesando más de lo normal. Sin embargo, me atrevo a salir del café y decido impactar mi itinerario. En lugar de dirigirme a otro lugar turístico, me lanzo a explorar una de esas callejuelas que parecen los secretos mejor guardados de la ciudad.
Al girar en una esquina, me encuentro con una tienda de antigüedades. Se ve pequeña y atestada de objetos que evocan una historia que no puedo imaginar. Hay espejos cubiertos por telas polvorientas, piezas de cerámica desgastadas con hermosos patrones, y un reloj antiguo que marca las horas erráticas del tiempo perdido. Me acerco, intrigado, y noto que el dueño, un hombre mayor con la piel arrugada y amistosa, tiene la habilidad de ver más allá de lo que uno aparenta. Comienza a charlar sobre cómo cada objeto tiene una historia, y poco a poco mis dudas sobre mi propio tiempo en la ciudad parecen desvanecerse. Siento que estoy a punto de perderme de nuevo, pero esta vez, en las historias de otras vidas.
Salgo de la tienda con una pequeña pieza que no planeaba comprar. No podría decir que es algo extraordinario, pero su peso y textura me parecen significativos. Hay algo en la experiencia de descubrir, en el sentido del riesgo, que me anima un poco, a pesar de los inconvenientes que me han seguido todo el viaje. Mi energía no es la mejor, pero en este momento, eso no parece importar tanto. En el fondo, me siento algo satisfecho de haberme atrevido a desviarme de los caminos más trillados.
Así, como entre aventuras ordinarias, los días en Ad Dammam pasan, y me doy cuenta que un poco de indiferencia puede llevarte a momentos inesperados.
Imprescindible en Dammam, Arabia Saudí
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