Tenía el billete arrugado en el bolsillo, no por drama sino porque lo saqué cinco veces para comprobar la cifra, y la bruma en Marine Drive pegaba a los bancos como si quisiera que nadie se sentara. Al bajar del taxi, la humedad me golpeó la cara y el olor a aceite de fritura me siguió hasta la acera; no era el plan glorioso que imaginé, pero había una tarea y un problema que resolver antes de darme el lujo de distraerme mirando la costa.

No me gusta nada la burocracia cuando uno está cansado, y Mumbai lo hace lento: la oficina donde esperaba resolver el papeleo del sobre perdido tenía una cola silenciosa y un ventilador oxidado que giraba con voluntad propia, soltando polvo. Opinión número uno: los formularios impresos en papel fino no resisten la humedad de este paseo marítimo. Opinión número dos: el café que vendían en la esquina estaba frío y con demasiada azúcar; opinión número tres: la mujer del mostrador, que llevaba las uñas pintadas de un color que no pegaba con su delantal, era más eficiente de lo que parecía. Le expliqué la pérdida —sin tecnicismos— y ella apuntó algo en un cuaderno con letra apretada, me devolvió el billete arrugado y me dijo que lo discutían entre tres, lo cual me pareció bien porque necesitaba un cierre práctico y no una historia larga.

Había un riesgo real: el informe que debía entregar en la tarde dependía de ese sobre, y sin él, tendría que pasar la tarde en un internet café buscando alternativas, una hora fija que no tenía. Tomé la decisión de aceptar un trabajo pequeño en la oficina —ayudar a clasificar sobres durante una hora— a cambio de que me devolvieran una copia escaneada del contenido del paquete y una nota firmada. Consecuencia inmediata: salvé la entrega, pero perdí energía para cualquier otra exploración. No fue heroico; fue pragmático y un poco humillante, y aún así preferible a volver sin nada.

La ciudad no permite que una mañana se cierre en abstracto. Pasé por Chowpatty y el mar estaba gris, como si alguien hubiera mezclado cemento con sal; la barandilla tenía restos de pintura que se pelaban en tiras. Observé a un vendedor de samosas que tenía un delantal con una mancha redonda, igual que un eclipse, y eso me hizo sonreír: pequeñas coherencias visuales que no arreglan papeles, pero que mantienen el pulso. En la acera, dos ancianos jugaban a las cartas con billetes doblados, sin miradas dramáticas, solo concentración. No me gustó la forma en que uno de ellos metió la mano en el mazo y apartó una carta cuando nadie miraba; opiné, internamente, que eso le daba al juego una dimensión sucia, y preferí no involucrarme.

Algo concreto que nadie suele comentar: el registro fotográfico de las tiendas, esos letreros con letras enmarcadas en plástico, siempre tienen una letra mal pegada, una L que cae hacia la derecha, o un número escrito encima que intenta corregir un error anterior. Vi eso en una tienda de telas en Hill Road y me llamó más la atención que cualquier fachada cuidadosamente recomendada en guías. Esa observación me ayudó a olvidar la pequeña pérdida por unos minutos, aunque no la arreglaba.

Decidí reajustar el presupuesto de la semana en mi hoja de notas: evitar restaurantes caros, usar el transporte local mínimo y aceptar tareas pequeñas que surgieran. No era la primera vez que reorganizaba el dinero y no será la última, pero la consecuencia tangible fue que me sentí menos expuesto: 405.00 en la cuenta, energía 51 y riesgo 36, y eso mandó en mis decisiones inmediatas. No planeé ninguna excursión larga ni ninguna compra impulsiva; lo práctico mandó.

Al final, entregué la copia escaneada y la nota firmada, dejé el sobre en manos de la administración y, en la salida, un niño ofreció limpiar mis zapatillas por unas monedas; rechazé con una sonrisa mojada, y él se quedó con la sonrisa sin más drama. Me quedé un rato en un banco mirando las luces que parpadeaban en la bruma, una línea de pequeños puntos amarillos que insistían en ser visibles, y guardé el billete arrugado otra vez en el bolsillo, porque a veces el gesto de guardar sirve para convencer al cuerpo de que algo está bajo control.

Imprescindible en Bombay, India

Este post contiene enlaces de afiliados.