¿Cuánto vale quedarse quieto un día? No en sentido filosófico, sino en sentido literal: cuánto me cuesta, en pasta contante, sentarme junto al Bagmati sin comprar nada, sin contratar nada, sin que nadie me cobre por estar ahí mirando el agua.

Lo de ayer en Gonggar lo doy por cerrado. El minibús, la gasolinera, la tsampa fría que tenía la consistencia de yeso mezclado con polvo de cebada, las dos horas de retraso que nadie explicó y que todos aceptaron con una paciencia que yo no tenía. Cerrado. No voy a seguir dándole vueltas porque si cuento todos los contratiempos de los últimos días me quedo sin energía para el siguiente. Y el siguiente siempre llega.

Esta mañana he bajado a los ghats del Bagmati sin un plan concreto, que es la única manera en que me funciona Katmandú. Si llegas con programa, la ciudad te lo deshace en veinte minutos. Los ghats a esta hora tienen una luz lateral muy rara, casi horizontal, que pega en el humo de los inciensos y lo vuelve visible de una forma que normalmente el humo no lo es. Hay un grupo de hombres mayores en cuclillas junto al río haciendo algo que no consigo identificar desde donde estoy, y no me acerco porque tengo la sensación de que no corresponde. Me quedo en la orilla alta, apoyado en la piedra, sin sacar el móvil.

La propuesta de Priya sobre el Annapurna me ha vuelto a la cabeza esta mañana, sin invitación. No sé si tiene sentido. Económicamente no tiene ninguno, si soy honesto: con doscientos cincuenta dólares y la racha de los últimos doce días, apuntarme a un trekking es la clase de decisión que uno toma cuando lleva demasiado tiempo mirando fotos de montaña en un hostal. Pero tampoco lo descarto del todo, y eso también me molesta, porque significa que sigo sin decidir nada.

La demora de hoy ha sido absurda y pequeña: una calle cortada entre los ghats y la tienda de atrás, sin señal, sin aviso, con un tipo apoyado en un caballete de madera que miraba su móvil con la expresión de quien no tiene ninguna intención de moverlo en el futuro inmediato. He esperado quince minutos de pie. La tienda a la que intentaba llegar era un local que había visto de reojo al bajar, mitad ferretería, mitad librería de segunda mano, con los libros y las tuercas conviviendo en las mismas estanterías sin que nadie pareciera encontrarlo raro. El dueño, un hombre con una chaqueta de lana gris que era claramente de otra década, no levantó la vista cuando entré. Bien. A veces agradezco que no haya que hacer el esfuerzo de la sonrisa de turno.

En agosto echo de menos la playa y los castells, el olor a mar mezclado con el sudor de la gente apretada en la plaza. Aquí huele a incienso, a río, a fritos de algo que no identifico desde la calle, y es completamente distinto pero no peor, solo distinto, y a veces el cerebro tarda en aceptar eso sin añadir una valoración encima.

He cenado en el Sindhupalchok Bhojanalaya, un local que no tiene carta en inglés y donde he señalado lo mismo que el hombre de la mesa de al lado porque era lo más eficiente. Ha resultado ser un dal bhat con un acompañamiento de verdura encurtida que tenía un punto ácido muy concreto, no genérico, el tipo de acidez que indica que alguien lleva tiempo haciéndolo igual. He pagado lo que me han cobrado sin regatear, que es una pequeña victoria de autocontrol. El arroz del fondo del cuenco tenía una costra fina y tostada que se pegaba en la cuchara.

El camarero ha recogido el plato antes de que yo terminara el agua.

Imprescindible en Kathmandu, Nepal

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