«El Discovery Day no cambia nada si ya no tienes adónde ir», dije en voz alta, sin que nadie me oyera, mientras intentaba cerrar la mochila con un movimiento lateral que sé que no funciona y sigo intentando igual. La cremallera cede hasta cierto punto y luego se detiene. Tres dedos de hueco. Los mismos tres dedos de hace dos semanas, y antes, y antes de eso. Hoy iba a llevarla a reparar, tenía incluso el nombre de un sitio anotado en el teléfono, pero era miércoles festivo y, claro, cerrado.

Así que salí con la mochila mal cerrada, sujetando el cierre con una goma de pelo que encontré en el fondo del bolsillo lateral, y bajé por Albert Street con ese sol de junio que no pide permiso. Regina en un festivo tiene algo extraño: la gente está en la calle pero sin propósito concreto, como si hubieran salido porque tocaba salir. Un hombre empujaba una cortacésped sin cortarle el paso a nadie. Dos adolescentes fotografiaban algo en el suelo, aunque desde donde yo estaba no había nada visible que mereciera una foto.

Me paré en el bloque de los trescientos porque vi un grafiti en la fachada lateral de un edificio de ladrillo. Era una figura con mochila, cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, que alguien había pintado en verde oliva sobre el mortero gris. La postura era incómodamente familiar. Estuve mirándolo más tiempo del que tiene sentido mirar un grafiti, calculando si la similitud era real o si llevaba tanto tiempo solo que empezaba a reconocerme en cualquier silueta encorvada. La mochila de la figura, nota aparte, parecía cerrada del todo. Eso me irritó más de lo razonable.

Entré a desayunar en un sitio de la zona, un local sin pretensiones con sillas de plástico y una barra de formica que ha visto tiempos mejores. Pedí perogies porque eran los más baratos del menú de pizarrón y porque no tenía ganas de pensar. Llegaron en un plato de cerámica desportillado, con un pegote de crema agria al lado que nadie había alisado. Calientes, al menos. Los comí despacio porque tampoco tenía prisa.

Lo de anteayer sigue sin resolverse. Los cincuenta dólares que desaparecieron, o que me cobraron mal, o que alguien se llevó, o lo que sea que pasó, siguen sin tener explicación concreta. Tengo ciento quince en total y eso incluye los cincuenta que debería no haber gastado. Intenté revisar la aplicación de tránsito para ver si el crédito de quince dólares que llevo esperando desde hace días había aparecido por fin. No había aparecido. La aplicación mostró una pantalla de mantenimiento con un mensaje que decía que el servicio estaría disponible «a partir del próximo día hábil». Hoy es festivo. El próximo día hábil es mañana.

Lo de la cremallera lo voy a dejar para mañana también. No porque sea perezoso, sino porque ya tomé una decisión equivocada esta mañana cuando salí convencido de que el sitio iba a estar abierto y no tiene sentido acumular más frustraciones en un solo día. La goma de pelo aguanta si no hago movimientos bruscos.

De vuelta por Albert, el hombre de la cortacésped ya no estaba. Los adolescentes tampoco. El grafiti seguía ahí, la figura verde con su mochila perfectamente cerrada, completamente indiferente al sol de las dos de la tarde.

Imprescindible en Regina, Canadá

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