La aplicación me devolvió el dinero en crédito, no en efectivo. Quince dólares que ahora existen solo como promesa digital dentro de un sistema que, la última vez que lo usé, me cobró dos veces por un trayecto y tardó once días en reconocer el error. Me quedé mirando la pantalla en la esquina de 104 Street con la 99 avenida, con el sol de las diez de la mañana cayendo recto sobre el asfalto y la mochila colgando un poco rara porque la cremallera del compartimento lateral lleva abierta desde hace cinco días, unos tres dedos de brecha que obligan a ajustar el peso hacia la derecha para que nada se caiga. Ya es el séptimo incidente de este tipo desde mayo. En algún punto deja de ser mala suerte y se convierte en un patrón con el que simplemente operas.

Hoy es 21 de junio, Día Nacional de los Pueblos Indígenas, y Edmonton es la capital de Alberta, lo cual crea una combinación particular: por un lado los edificios del gobierno provincial ahí plantados sobre el río, todo mármol y nombres de ministros grabados en piedra; por el otro, una ciudad que tiene una de las poblaciones indígenas urbanas más grandes del país, visible, presente, no exactamente bien integrada en la narrativa oficial. Vi un cartel cerca del Biblioteca Stanley Milner que anunciaba un evento en Coronation Park. No había nada en los escaparates del gobierno que reconociera la fecha. No digo que eso sea una anomalía; digo que lo noté.

Caminé hasta un restaurante en el corredor de 104 Street que se llama Rae Mi Hyang. No vine con hambre particular, vine porque necesitaba sentarme en algún lugar con aire acondicionado que no fuera un Starbucks y que tuviera algo real en el menú. Pedí un bibimbap y un té de cebada. La dueña, o quien fuera que atendía, tenía una manera de comunicarse con la cocina que consistía en golpear dos veces el mostrador con los nudillos cuando una orden estaba lista, sin llamar nada, sin mirar, simplemente dos golpes secos. El bibimbap llegó con el huevo todavía casi crudo por encima, que es como debe ser y casi nunca está así fuera de Corea o de restaurantes que realmente saben lo que están haciendo. Me costó dieciocho dólares con la propina, lo cual, después de perder quince en crédito inútil, se siente como información relevante aunque no sea una catástrofe.

Después caminé sin dirección muy clara por la parte sur de la calle, donde los negocios tienen nombres escritos en tres o cuatro idiomas distintos y los letreros están un poco desgastados de una forma que no es decorativa sino simplemente vieja. Hay una panadería que tiene en la ventana un cartel escrito a mano que dice "panes calientes 7am" y otro justo debajo que dice "cerrado lunes". Hoy es domingo. El olor a levadura llegaba por debajo de la puerta aunque el local estaba lleno. Ahí no entré, pero lo anoté.

Lo que sí hice fue parar frente a un local de fotografía analógica que tiene en el escaparate varias cámaras Minolta de los ochenta y un letrero que anuncia revelado en 48 horas. El letrero también dice "preguntar por Darko". No sé si Darko existe o es un personaje, pero el local parece abierto algunos días y cerrado otros sin lógica aparente. Mañana paso a ver si está abierto. Tengo un carrete sin revelar desde hace tres semanas y en algún punto eso se convierte en otra cosa pendiente que arrastra.

La cremallera todavía abierta. Los quince dólares en limbo. Darko, si es que existe.

Imprescindible en Edmonton, Canadá

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