«¿Cuánto tiempo llevan en Obihiro?», preguntó el guía, y yo, que estaba mirando el escaparate de una ferretería al otro lado de la calle Nishi-minami-dori, tardé un segundo en entender que la pregunta no iba dirigida a mí. Iba dirigida a las doce personas que formaban el grupo. Yo no era parte del grupo. O sí, si nadie me lo cuestionaba.
El asunto es que me había sumado al corrillo sin darme cuenta, porque el tipo hablaba en un japonés despacio y claro, con gestos hacia los edificios, y yo simplemente no me alejé cuando debía. Caminé con ellos tres manzanas completas de la cuadrícula perfecta que es el centro de esta ciudad, esa geometría que a veces me parece útil y a veces me parece lo más frío que he pisado, hasta que alguien del grupo me miró dos veces seguidas y yo desvié hacia una tienda de artículos de papelería como si siempre hubiera tenido pensado entrar. Compré un cuaderno de ochenta páginas con una cubierta de color burdeos que no necesitaba para nada. Cuesta doscientos ochenta yenes. Lo tengo aquí.
Hace siete días tuve un contratiempo que me costó más que el cuaderno, y antes de eso hubo otro, y antes de ese otro, y así hacia atrás en cadena, seis veces en los últimos treinta días, cada uno con su pequeño coste y su pequeña demora, y el efecto acumulado no es un golpe dramático sino algo más parecido a la erosión, como cuando la suela de un zapato se desgasta sin que te des cuenta y un día notas que la lluvia entra. No lo menciono para quejarme, lo menciono porque esta mañana, al cruzar por la panadería del bloque dieciséis que tiene la persiana siempre a media altura y huele a mantequilla quemada en el mejor sentido posible, me di cuenta de que no estaba contando nada. No calculaba. No medía. Simplemente cruzaba.
El butadon del mediodía fue en un sitio donde te sientan en la barra con una separación de madera entre cada taburete, y el cerdo llegó lacado y oscuro sobre el arroz blanco, y no hay nada particularmente elegante en ese plato, lo cual es exactamente su ventaja. El hombre dos asientos a mi derecha llevaba delantal y comía deprisa, claramente en un descanso de trabajo. No intercambiamos nada. No hacía falta. Cuando terminé me quedé con el cuenco vacío frente a mí más tiempo del razonable, y la chica de la caja no dijo nada tampoco, lo cual aprecio más de lo que puedo explicar en un domingo con el sol inclinado y poca prisa.
Luego pasé por delante del インデアン de la calle principal, que es una cadena de curry que existe solo en Hokkaido y cuya lógica comercial no entiendo del todo, porque tiene demasiadas sucursales para ser un secreto local y demasiada especificidad para ser una franquicia nacional, y el cartel amarillo con el jefe indio estilizado me sigue pareciendo un anacronismo algo extraño que la ciudad ha absorbido con una calma que no sé si admirar o cuestionar. Entré a tomar un café en el lugar de al lado, no en el インデアン, y el café estaba bien pero tampoco era el mejor café que he tomado en mi vida, que es lo que dicen de cualquier café cuando no tienen nada concreto que decir.
La tarde siguió así. La cuadrícula te da la sensación de saber siempre dónde estás, lo cual debería ser tranquilizador y a veces lo es, y otras veces te hace sentir que la ciudad no necesita que tú existas para funcionar. El grupo guiado ya no estaba. El cuaderno burdeos está en el bolsillo de la chaqueta. No he escrito nada en él todavía.
Imprescindible en Obihiro, Japón
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