Llegué con la ficha metida en el bolsillo y la cantina oliendo a aceite viejo, así de literal. No era un tesoro: un trozo de cerámica con un borde barnizado y un dibujo de línea que se había separado del montículo de tierra junto a la Pyramide chinoise, y yo con poco tiempo y menos energía para perseguir misterios, pero la ficha hacía ruido en la mano como una obligación.
Salí del comedor del taller Longtaiguan por la puerta lateral, donde cuelgan los anuncios con las letras descoloridas que nadie se molesta en borrar, y caminé hacia los montículos de Lanchi porque pensé, mal, que sería rápido. No fue rápido. El sol bajaba, las sombras en la zanja parecían más profundas de lo que recordaba y tuve que decidir si seguir hasta la cima del montículo o regresar con la ficha a la cantina. Elegí ir, pagando el desvío: gasté diez unidades para el billete local y dejé constancia mental de que aquello me costaría energía. Fue una decisión práctica y tiene su consecuencia: al final de la vuelta anoté que me quedaban menos fuerzas de las que había traído.
En la ladera, un hombre mayor con un chaleco de custodio me dejó acercarme sin sonreír. No preguntó por el origen de la pieza, solo inspeccionó la ficha, la giró bajo la luz, la devolvió a mis manos y dijo con voz corta: "Objetos perdidos, abajo". No pidió nada, sólo señaló la puerta del pequeño depósito municipal. Hubo un instante en que pensé que me pediría que le pagara por el favor, o que surgiera un problema burocrático. No ocurrió. Entregué la ficha en el mostrador, el custodio la guardó en una caja marcada con una etiqueta borrosa, sin mirar hacia la cámara entre las estanterías, y cerró la tapa como quien zanja una discusión de vecindario. Hice la entrega y al hacerlo perdí otras seis unidades de energía: el tramo bajo el montículo me dejó sin resuello por un rato.
Hubo dos pequeños riesgos reales. Primero, casi me olvido del reloj: tenía que estar en movimiento hacia mi siguiente punto antes de que la luz se extinguiera y, si me quedaba atascado en papeleo improvisado, perdía el único transporte barato de regreso. Segundo, mientras inspeccionaba la tierra, un perro del vecindario me siguió con demasiado interés; la situación fue incómoda hasta que el custodio lo ahuyentó con una pedrada al aire, nada más, y se acabó. Ambas cosas se resolvieron con rapidez y sin escenas. La ficha quedó donde la ordenaron; no abrí ningún expediente ni dejé un contacto.
El montículo en sí olía a polvo antiguo y a plástico quemado, y en un recodo encontré una lata de refresco aplastada con un logo descolorido que nadie podría leer. Esa lata es un detalle tonto pero real: la coloqué al lado de la ficha antes de recogerla para comprobar mejor la escala. Nadie relevante me vio hacer eso, nadie reconocible, y no tomé fotos que mostraran caras o texto legible. Me aseguré de que la imagen que llevaba en el teléfono fuera sólo textura: polvo, la curva del fragmento, la caja de cartón del depósito, todo sin detalles identificables.
Registré la entrega en mi cuaderno con una línea seca: "Ficha cerámica entregada, custodio municipal, sin incidencias". Anoté también las cifras, empezando desde la cuenta que traía: dinero 395.00, energía 33, riesgo 38. Lo escribí en números porque necesito que esas cuentas queden claras y porque todo lo demás en la jornada se siente borroso. La nota sirve para clausurar la pequeña historia: no hay investigación, no hay seguimiento, sólo una acción concreta y finita.
Volví por la misma vereda, cargando la sensación de haber hecho algo pequeño y necesario. No era heroico. Fue una decisión práctica que consumió tiempo, dinero y aliento y que cerró un hilo. En la cantina nadie comentó nada, pero el olor a aceite seguía ahí y las luces empezaban a parpadear mientras yo doblaba la esquina con el cuaderno cerrado en el bolsillo y las manos más frías que antes.
Imprescindible en Xianyang (Weicheng), China
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