¿Cuánto cuesta una ciudad reinventada? No lo pregunto en abstracto: lo pregunto porque esta mañana, mientras revisaba la mochila en la habitación, descubrí que el billete de veinte dólares que tenía doblado en el bolsillo exterior, el que no tiene cremallera desde hace semanas y que sigo sujetando con dos imperdibles y cinta americana, había desaparecido. No caído. Desaparecido. Entre anoche y esta mañana, en algún momento en que me moví por el barrio o me senté en algún sitio, se fue, y lo único que puedo acusarme es de haber confiado demasiado en dos imperdibles y cinta americana.

Así que empecé el martes con treinta y cinco dólares. No con cincuenta y cinco. Con treinta y cinco, porque la mochila tiene esa manía de ceder exactamente cuando menos te lo puedes permitir, y yo tengo la manía de no aprender.

Me fui andando hasta el North Coast Harbor sin ningún plan concreto, que es la única manera honesta de caminar cuando no tienes dinero para planes. El lago Erie desde el paseo marítimo tiene esa calidad de espacio demasiado grande para la ciudad que lo rodea, como si Cleveland hubiera construido un escenario sin llenar bien las primeras filas. El Rock and Roll Hall of Fame está ahí, con su cartel y sus taquillas y su fachada de cristal que a plena mañana parece más un centro comercial que otra cosa, y no entré, porque veintiocho dólares la entrada es una broma que no me hace gracia con treinta y cinco en el bolsillo. Eso sí: la fachada desde fuera no desmerece. Me quedé mirando diez minutos y luego seguí.

El tema del tipo que conocí hace tres días tampoco está cerrado. Nos cruzamos aquella tarde cerca de Public Square, empezamos a hablar, y al final quedamos en que él me dejaría un contacto de alguien que alquila habitaciones por semanas a precio razonable en el barrio. No me lo ha mandado. Le escribí ayer sin respuesta, y esta mañana tampoco hay nada. No sé si el número era real, no sé si lo era él, y mientras tanto yo sigo pagando por una habitación que consume lo que no tengo. Eso es lo que me ocupa el tiempo cuando camino, no el lago.

Almorcé en Danny's Deli, en Saint Clair Avenue, que es el tipo de local donde el fluorescente del fondo parpadea un poco y nadie lo arregla porque parpadea desde siempre. Sándwich de pavo y un café que sabía más a agua caliente que a café, pero el total no llegó a siete dólares y eso en este momento no es poca cosa. El hombre que atendía la barra tenía una etiqueta con el nombre pegada torcida en el pecho y no miró a nadie en todo el rato que estuve allí, ni al cobrar. No sé si era timidez o método.

Después me fui hasta el Cleveland Museum of Art en East Boulevard porque es gratis, que es la única razón por la que cualquiera debería ir a cualquier museo cuando lleva treinta y cinco dólares en el bolsillo y una mochila sin cremallera. El edificio desde fuera tiene esa severidad de institución que sabe que va a durar más que tú. Dentro me detuve bastante rato delante de un cuadro de armadura medieval, sin saber muy bien por qué, hasta que me di cuenta de que lo que me tenía ahí parado era el detalle de los remaches: doscientos remaches, más o menos, contados sin querer.

La ciudad tiene un letrero grande con su nombre en script, en la zona del lago, ese tipo de cartel que las ciudades instalan cuando quieren convencerse a sí mismas de algo. No sé bien de qué. Yo lo vi, lo fotografié, y seguí caminando.

El contacto del tipo de Public Square sigue sin llegar. La habitación sigue costando lo que cuesta. La cinta americana aguanta.

Imprescindible en Cleveland, Estados Unidos

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