El segundo día en Arbil me llevó a descubrir una mezcla de aromas y sonidos que me resultaban extraños y fascinantes. Caminaba por el Zoco de Qaysari, famoso por sus coloridos puestos llenos de especias, tejidos y artesanías. El aire tenía un sabor picante, lleno del olor a cominos y pimientos secos. A mi izquierda, un hombre vendía pan recién horneado, que salía de un horno de barro. El crujido del pan al romperse resonaba entre la multitud, una invitación irresistible.
Mientras seguía mis pasos en el zoco, la vibrante paleta de colores me envolvía. Las mujeres ataviadas con hijabs de estampados brillantes intercambiaban risas, y los hombres discutían animadamente sobre el precio de las alfombras. La sensación de estar fuera de mi zona de confort era palpable. No podía evitar sentirme un poco fuera de lugar entre tanta actividad, pero esa era la esencia de mi exploración.
Decidí acercarme a un puesto donde una mujer mayor ofrecía té caliente en pequeños vasos de cristal. No hablo kurdo con fluidez, pero el lenguaje universal de las sonrisas y la amabilidad no necesitaba traducción. Ella me hizo un gesto para invitarme a sentarme. Acepté, esperando que la conversación fluyera. Pero aquí fue donde la cosa se complicó. Al parecer, el té no era lo único que estaba en su absoluto control. La costumbre local era que después de aceptar el té, había que comprar algo de su puesto. Y en ese momento, no estaba preparado para gastar más.
Cuando el té llegó, lo probé, y el sabor era intenso, dulce y ligeramente especiado. Pero, para mi sorpresa, a medida que ella me miraba, la presión por comprar comenzaba a aumentar. Observé la selección de teteras de cobre y las pequeñas jaboneras de cerámica que ofrecía. Todo era hermoso, pero no estaba seguro de si quería llevarme una de esas piezas. La sonrisa de la mujer empezó a volverse un poco inquisitiva, y me pregunté cuánto tiempo podría mantener la charla sin terminar en un compromiso financiero.
Opté por intentar hacerle preguntas sobre su negocio, esperando que la conversación se desplace lejos del tema de la compra. Empecé a hablar sobre la tradición del té en diferentes culturas, compartiendo una anécdota sobre un té marroquí que había tenido. Su expresión cambió, y empezó a contarme sobre cómo su hija había viajado a España y traído recipientes para el té. De repente, la tensión desapareció y nos encontramos sumidos en una conversación sobre lugares lejanos y tradiciones familiares.
Mientras estábamos envueltos en esa plática, el bullicio del zoco continuaba, pero en mi pequeño rincón, el mundo externo se desvanecía. Sin embargo, el tiempo no se detiene, y de repente me acordé de que tenía que visitar el Castillo de Arbil antes de que cerrara. Miré el reloj ansiosamente; me quedaba poco tiempo. Pero la mujer me miró de nuevo, expectante, y me preguntó si quería llevarme algo. Aquí estaba de nuevo el dilema: ¿Debería correr el riesgo de ofenderla al rechazar su oferta? Era un momento complicado.
Hesité un segundo más, observando la tetería brillante en su mesa. Finalmente, decidí comprar una pequeña tetera, ayudando a mantener la conversación en un tono más ligero mientras trataba de mantener la cortesía. La mujer sonrió, satisfecha, y yo sentí alivio al no salir mal parado. Un gesto que había comenzado como una potencial incomodidad se había transformado en una conexión auténtica, aunque breve.
Con la tetera en mano, salí del zoco y me dirigí al Castillo de Arbil, que se alzaba majestuosamente sobre la ciudad, como un recordatorio de la historia que espera ser explorada. El sol empezaba a bajar, y las sombras se alargaban mientras la ciudad se iluminaba con matices dorados. Tenía que apurarme, pero cada paso me llevaba a ese lugar envolvente, donde la historia y el presente parecían entrelazarse de una forma única. Al final, no importaba tanto la tetera como las pequeñas historias que se tejían en este viaje, llenas de sabores, luces y la cálida hospitalidad de la gente.