«Los barcos cuestan quince yuanes», me dijo el hombre del quiosco, señalando el embarcadero con el bolígrafo, sin mirarme. Quince yuanes. Hice el cálculo rápido, la clase de cálculo que ya hago de forma automática desde hace días, y no salían los números. No cogí el bote.

Me quedé en la orilla del Yingze Lake con las manos en los bolsillos, mirando cómo tres jubilados sí lo cogían, con ese paso tranquilo de quien no tiene ningún problema con el mundo. El lago no es lo que esperaba, aunque tampoco sabía qué esperaba exactamente. Es un estanque urbano grande, con avenidas anchas alrededor y árboles que ya empiezan a amarillear un poco, y tiene esa luz plana de las tardes de octubre que no favorece nada pero tampoco molesta. No es pintoresco. Es funcional, y en cierto modo eso me gusta más.

Anduve por el perímetro bastante tiempo, por la zona que da a Yingze Street, donde hay familias sacando fotos y un señor que vende castañas asadas en un carrito oxidado. Las castañas olían bien. Me compré un cucurucho, cuatro yuanes, y me pregunté si era un gasto justificable o una pequeña idiotez. Las castañas estaban buenas, tirando a harinosas, el tipo de cosa que en un contexto diferente me parecería perfecta y aquí me parece casi triste, que es básicamente la diferencia entre disfrutar algo y calcularlo mientras lo comes.

El problema de estar quieto en Taiyuan es que la ciudad no te devuelve mucho si no tienes con qué moverse. Ayer fue la avería con el sistema de pagos que uso, lo cual me costó una tarde entera de gestiones y al final no resolvió nada, y la duda de si quedarme aquí o buscar la forma de salir sigue exactamente donde estaba antes de que empezara. Más concreta, eso sí: ya sé que otro día aquí tiene un coste real aunque no haga nada especial, aunque me limite a caminar alrededor de un lago mirando a jubilados en bote.

Soy tecnólogo y en teoría entiendo los sistemas. En práctica, lo que entiendo es que cuando los sistemas fallan, fallan del modo más aburrido posible: no hay drama, no hay señal, hay un formulario que no carga y un mensaje de error que no explica nada. Mi padre me decía que la burocracia es la única fuerza del universo que se mueve más despacio que la luz, pero en dirección contraria. Hoy le habría dado la razón.

A última hora de la tarde el lago cambió un poco. La luz se puso más naranja, las farolas del paseo se encendieron antes de que hubiera hecho falta, y el agua cogió ese color sucio y dorado que tienen los estanques urbanos al atardecer. Me quedé sentado en un banco de piedra que tenía grabado algo en chino que no supe leer. Un palomo se plantó a medio metro y me miró como si esperara algo. No tenía nada que darle.

La decisión de si me quedo en Taiyuan o busco la salida sigue sin resolverse. Esta tarde no la he resuelto. He rodeado el lago, he contado el dinero que me queda, he mirado los botes desde tierra. Mañana habrá que decidir algo, o al menos eso me digo cada noche desde hace más días de los que me conviene admitir.

El palomo se fue antes que yo.

Imprescindible en Taiyuan, China

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