¿A qué hora se levanta antes, el pescador que lleva el cangrejo de nieve al muelle o el técnico que programa los horarios del Garinko en la oficina de turismo? Es una pregunta idiota, lo sé, pero la llevaba rumiando desde Obihiro, sentado en el tren de la mañana con el paisaje de Hokkaido pasando por la ventana como si alguien estuviera pasando páginas sin leer ninguna, y cuando llegué a Monbetsu no encontré respuesta porque los dos grupos ya llevaban horas trabajando y yo era el único que acababa de aparecer con cara de turista desorientado en una ciudad que no espera turistas desorientados a esa hora.

El tren llegó puntual, cosa que anoto porque en las últimas semanas me he acostumbrado a que los trenes no lleguen puntual. Hace cinco días, otra vez el mismo problema, el mismo retraso de cuarenta minutos parado en algún andén intermedio sin explicación visible, así que hoy el hecho de bajar en Monbetsu a la hora prevista me produjo una satisfacción ligeramente ridícula, como cuando encuentras paraguas cuando no llueve.

Pero la mañana se complicó de otra manera. Caminaba hacia el puerto, intentando ubicarme en una ciudad cuya cuadrícula es perfectamente funcional y perfectamente aburrida, cuando escuché un golpe seco y vi dos coches en una intersección que no debería haber sido una intersección problemática para nadie. Nada grave, los implicados estaban de pie, pero la policía llegó en ocho minutos exactos y uno de los agentes, un tipo con guantes blancos y un cuaderno amarillo muy pequeño, me preguntó en japonés si había visto algo. Le dije que sí, básicamente porque era verdad, y él hizo un gesto hacia su compañero que significaba "este también". Los siguientes cuarenta y cinco minutos los pasé sentado en el asiento trasero de un coche patrulla explicando lo que había visto con el japonés que tengo, que es funcional pero no legal, mientras el agente escribía en ese cuaderno amarillo con una letra diminuta que me pregunto cómo leería después. Todo salió sin problema: solo querían el testimonio, sin drama, sin papeleos complicados, y me dieron las gracias con una inclinación de cabeza que fue simultáneamente cortés y definitiva.

Con eso ya había perdido casi una hora que tenía pensada para el puerto, así que fui al puerto con menos tiempo y más atención, que a veces es mejor combinación. El muelle de Monbetsu huele a sal y a algo más difícil de nombrar, algo industrial y frío que probablemente tiene que ver con las instalaciones de procesamiento de cangrejo que se ven desde la orilla. No es un olor desagradable, pero tampoco es el olor romántico que le asignarían en una guía. Hay grúas pequeñas, cajones de plástico apilados en colores que no combinan entre sí, y una explanada de cemento con marcas de neumáticos que nadie ha repintado en años. En una de las farolas del muelle alguien había colgado un cartel con información sobre el Garinko, el rompehielos que en invierno sale a ver focas sobre el hielo marino, y que en junio existe solo como objeto de nostalgia estacional para los carteles turísticos. La foto del cartel mostraba el barco naranja avanzando entre bloques de hielo, y alrededor había turistas con bufanda, lo cual desde el muelle de junio, con veinte grados y gaviotas, producía una sensación de desfase temporal bastante extraña.

Me quedé un rato largo mirando el agua, que era de ese color gris verdoso que tienen los mares del norte cuando el cielo está nublado sin estar cerrado del todo, y pensé en el nombre, Monbetsu, que viene del ainu mo-pet y significa algo como "río tranquilo" o "río pequeño", según qué fuente consultes, y que es un nombre que no describe especialmente bien un puerto industrial orientado al cangrejo y al turismo de hielo. Pero los nombres de los lugares raramente describen lo que son. Describen lo que había antes, o lo que alguien quería que fuera.

El tren de vuelta a Obihiro salía en veinte minutos. Fui a la máquina expendedora de la estación, saqué un café caliente en lata, y esperé en el andén con el café entre las manos sin abrirlo todavía.

Imprescindible en Monbetsu, Japón

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