Kathmandu. Acabo de aterrizar y ya he pagado la entrada antes de saber bien dónde estoy. Cincuenta dólares de visa turística. El funcionario me la ha seleccionado sin mirarme, como si llevar el cuño fuese lo más aburrido del mundo, y quizá lo sea. He salido del edificio con el pasaporte todavía húmedo de tinta y una calculadora mental activa que no pienso apagar en los próximos días.

Basantpur Durbar Square no me ha dado mucho margen para orientarme. Llegas y está ahí, masiva, sin advertencia previa: pagodas apiladas en terrazas de piedra, chapas doradas que el sol de la tarde golpea sin contemplaciones, palomas por todas partes haciendo lo que hacen las palomas. La entrada para extranjeros cuesta otros mil quinientas rupias nepalesas, lo que son unos once dólares más al montón. La mujer que vende los billetes en la taquilla lleva una chaqueta de plumón rojo sin mangas sobre el sari, combinación que no esperaba, y me ha devuelto el cambio sin despegar los ojos de su propio móvil. Me he guardado las rupias y he entrado.

Lo que no sale en ningún mapa es el olor: incienso mezclado con algo más denso, aceite o grasa quemada, que sube desde los pequeños santuarios encajados entre los pórticos. Las estructuras de madera tallada están negras de hollín en los lugares donde la gente ha encendido velas durante décadas. Hay un perro durmiendo debajo de uno de los struts de madera sin que nadie lo mueva. Eso me parece bien.

He caminado despacio hasta llegar a la Taleju Bell, que es más pequeña de lo que había imaginado y está rodeada de una valla de metal moderno que le sienta fatal. Alguien ha tomado esa decisión en algún momento y nadie la ha revertido. Alrededor de la campana hay tres turistas haciéndose fotos desde el mismo ángulo, y un vendedor de agua con una nevera portátil de esas de playa, con ruedas, que chirría cada vez que la arrastra por el empedrado. El chirrido se repite cada cuarenta segundos aproximadamente.

Ahí, entre la campanilla y el vendedor, estaba él. No sé bien cómo describirlo sin que suene raro: era el mismo hombre con el que había cruzado dos frases ayer en Delhi, en el mostrador de una de esas agencias de viaje diminutas de Paharganj donde fui a comprobar un precio de autobús. No había intercambiado mi nombre ni él el suyo, sólo un comentario sobre una cola absurda. Aquí estaba otra vez, con la misma mochila de color verde ejército y la misma expresión de estar calculando algo. Me ha mirado como quien tarda un segundo en ubicar a alguien, y después ha asentido, como si ser los dos en Kathmandu al día siguiente fuese una cosa lógica. No lo es.

Le he preguntado si venía en el mismo vuelo que yo. «No», ha dicho, «yo llegué anoche». Y ya. Nos hemos quedado un momento parados los dos mirando la campana y después cada uno ha seguido su camino. No tengo ni idea de cómo se llama.

Más tarde, ya buscando dónde sentarme a descansar los pies, he acabado en un té house de Thamel, uno de esos locales con paredes de madera oscura y menú plastificado con las esquinas dobladas. La mujer que me ha atendido se llamaba Priya Sharma, según el cartel cosido en la chaqueta, y era guía de trekking, no camarera; estaba allí tomando algo antes de una reunión. Me ha explicado, mientras yo intentaba leer el menú, que la semana que viene sale un grupo hacia el Annapurna y que falta un sitio. Lo ha dicho con una naturalidad total, como si ofrecerse a guiar a desconocidos fuese parte del menú también.

Le he dicho que lo pensaba. Que todavía estoy midiendo cuánto me queda y cuánto me queda por gastar. Ella ha cogido su té y se ha marchado a su reunión.

El Annapurna. Doscientos sesenta y cinco dólares. Hago la cuenta otra vez.

Imprescindible en Kathmandu, Nepal

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