«Quinientos rupias», dijo el tipo del chai stall antes de que yo pudiera sentarme, con esa soltura de quien ya sabe que el turista va a pagar sin rechistar. Le miré fijo un segundo, calculando si era el momento de discutir, y entonces recordé que ayer también me pasó algo parecido y tampoco dije nada, así que pagué, cogí el vaso de barro y me quedé allí de pie como un idiota feliz bebiendo chai a precio de restaurante de hotel cinco estrellas.
El desayuno en SS Amristari Kulcha Corner había estado bien, que conste. El kulcha con chole, la masa crujiente con ghee todavía caliente, eso sí lo vale. Pero el riquero del local me cobró de más al final porque yo no había comprobado el precio antes de pedir la segunda ración, y entre eso y el autorickshaw que tomé para llegar al waterfront del Yamuna por Civil Lines, el día ya empezaba con más gasto del que tenía planeado. No es que sea una catástrofe, pero cuando llevas contando cada rupia desde hace días, cualquier descuadre hace que te recalcules mentalmente el resto del mes, y eso es agotador de una manera muy específica.
El río, por su parte, no tiene ningún interés en consolarte. El Yamuna en Civil Lines no es el Yamuna de los carteles ni de las fotos de archivo con puesta de sol dramática: es un río marrón claro que huele a alcantarilla en algunos tramos, con bolsas de plástico atrapadas entre las piedras de la orilla y una capa de espuma blanca cerca de los pilares del puente que nadie puede explicarte si es contaminación o simplemente así es el río ahora. Había unos hombres pescando en la otra orilla con lo que parecía ser hilo de nailon atado a una caña de bambú, sin flotador, sin aparente prisa, y me pregunté si realmente esperaban pescar algo en esa agua o si pescar era la excusa para estar allí sentados mirando el horizonte sin que nadie te pida explicaciones.
Yo me quedé bastante tiempo mirando eso sin hacer nada especialmente útil. Me vienen bien estos días sin movimiento, o eso me digo, aunque la lógica de quedarse quieto en Delhi se va complicando cuando los números no cuadran. Tengo la cabeza en los Balcanes desde hace semanas, en esas ciudades que no le interesan a nadie pero que tienen algo que no sé definir bien, y Delhi debería ser una pausa con sentido, pero una pausa que te sangra los ahorros cada día es simplemente una sangría con mejores especias. El dinero que he perdido esta semana, entre una cosa y otra, es dinero que era para otra ruta, para otro sitio, y ahora está en manos de rickshaw-wallahs con tarifa libre y chai stalleros con cara de póquer.
Lo peor no es haber pagado de más. Lo peor es que no sé cuánto tiempo más me queda aquí antes de tener que moverme por razones puramente aritméticas, no por ganas, y eso me enfada porque la decisión debería ser mía. Pensé en sentarme a hacer números esta tarde, trazar algo concreto sobre los próximos días, pero me quedé mirando el río y la espuma y los pescadores y el puente, y lo fui dejando, lo fui dejando, y cuando me levanté del bordillo de piedra ya era tarde para todo y no había resuelto nada.
Una urraca (o algo parecido, aunque no estoy seguro de que las urracas lleguen hasta aquí) se posó a dos metros de mí y me miró como si esperara algo. Yo no tenía nada que darle.
Imprescindible en Nueva Delhi, India
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