La cremallera de la mochila lleva cuatro días así, abierta unos cuatro dedos por el costado derecho, y esta mañana por fin me convencí de que hoy era el día en que iba a arreglarlo, que ya no podía seguir sujetando el hueco con un par de imperdibles de farmacia que no cierran del todo y que hacen un ruido metálico bastante irritante cada vez que camino. La tienda de reparaciones de Marshall Street, un local pequeño con letrero medio despegado que alguien me había mencionado de pasada, cierra los martes. Los martes exactamente. Lo descubrí después de caminar quince minutos en el calor húmedo de finales de junio, llegando al cristal con un cartel manuscrito y un horario que no tenía ningún martes en la lista.

Me quedé un momento mirando el reflejo del letrero en el escaparate porque no había nada más útil que hacer, y luego crucé hacia el otro lado de la calle donde hay una fila de locales de los que solo uno estaba abierto, una especie de ferretería mezclada con tienda de segunda mano donde un hombre de pelo blanco cortado muy corto estaba ordenando ganchos de plástico por tamaño sin mirarme cuando entré. Le pregunté si tenían cremalleras de repuesto o algo con que fijar una mochila de forma provisional. Señaló un rincón sin decir nada. Encontré allí una caja de velcro adhesivo y unas bridas negras, compré las bridas porque el velcro tenía pinta de aguantar exactamente dos días, y salí con la sensación de que había resuelto algo y no había resuelto nada.

El problema con las bridas, que descubrí sentado en un bordillo de West Broadway con la mochila abierta sobre las rodillas, es que no hay forma razonable de tensar la tela alrededor de un diente de cremallera roto sin que quede retorcida, y yo me pasé unos veinte minutos intentando hacer algo que tuviera sentido antes de rendirme y hacer lo que ya sé que es una rendición: puse tres bridas en zigzag por la apertura, apretándolas más de lo que debería para que no cediera sola, y el resultado es funcional de la misma manera en que un trozo de cinta adhesiva sobre una filtración de agua es funcional, que es decir que funciona hasta que no funciona.

El barrio estaba más activo de lo habitual para un martes por la tarde, gente saliendo de los bares en Hai Hai con copas de plástico aunque eran las cuatro y pico, música que se escuchaba desde al menos media manzana, un par de mesas con sillas sacadas a la acera que bloqueaban medio paso. El fin de semana largo se nota antes de que llegue, se nota en la prisa despeinada con que la gente compra cosas en los colmados y en el volumen general de la calle, que sube unos decibeles sin que nadie lo decida conscientemente.

Me acordé, sentado ahí con la mochila sujeta con bridas de plástico, de una reunión de hace algo más de un año en la que tuve que explicarle a mi equipo en Barcelona por qué un sistema lleva bien mientras la deuda técnica no supera cierto umbral y luego, de golpe, no lleva bien en absoluto. Les puse el ejemplo de parches sobre parches. Era un ejemplo didáctico entonces. Ahora lo estoy viviendo en formato mochila.

Anteayer ya había tenido un contratiempo parecido, una cosa que parecía resuelta y no lo estaba, y la semana pasada hubo otro antes de ese, y la acumulación tiene un efecto curioso que no es exactamente desánimo sino algo más parecido al agotamiento de anticipar el siguiente. Las bridas aguantarán, probablemente. Mañana busco otra tienda que abra los miércoles.

O no la busco. Eso también es una opción, aunque no me gusta admitirlo.

Imprescindible en Minneapolis, Estados Unidos

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