La correa del hombro izquierdo cedió del todo esta mañana, en la Rua d'Água, con el sol todavía bajo y la ciudad apenas despertando del día de la Asunción. No fue un aviso gradual, sino un crack seco, y la mochila cayó contra mi cadera antes de que pudiera sujetarla, y el termo que llevaba colgado en el bolsillo lateral rebotó en el bordillo de basalto, rodó medio metro y se abrió por la soldadura de la tapa. El agua derramada en el suelo fue lo de menos. Lo que se perdió fue el termo, que ahora es un cilindro inservible con una tapa que no cierra, y lo que se ganó fue la certeza de que los remiendos de cinta y nylon que he ido acumulando hace tres días, hace doce, hace trece días en circunstancias que no vienen al caso, ya no le sirven a esta correa para nada.

Me quedé parado en mitad de la calle con la mochila sostenida torpemente contra el pecho, mirando el charco de agua y el termo abierto, y un señor mayor que barría la entrada de un portal me observó sin decir nada, sin desviar los ojos, con esa imperturbabilidad portuguesa que ya conozco y que a veces agradezco y a veces me resulta un poco desconcertante. No me preguntó si necesitaba ayuda. Bien.

El problema con quedarse en Ponta Delgada cuando algo se rompe y no tienes dinero es que las opciones no son muchas. Conozco ya esta ciudad lo suficiente para saber dónde están los talleres de equipaje y artículos de cuero, que suelen estar en las calles detrás del mercado municipal, pero el domingo es el domingo y no hay nada abierto salvo cafeterías y heladerías. Fui hasta el muelle, al tramo de la Calçada do Cais que da al Atlántico, más que nada para pensar, que es una forma elegante de decir que no sabía qué hacer y quería cambiar de escenario. La luz de la mañana pegaba horizontal sobre el basalto negro del paseo y el agua estaba de ese verde oscuro que tienen las aguas azorianas cuando el cielo no está del todo despejado, y el ambiente olía a sal y a algo vagamente frito que salía de un bar cerrado con la persiana a medias. No era un momento de postal, era un momento de inventario.

Inventario: una mochila con una sola correa funcional, un termo roto que pesa doscientos gramos y ya no sirve para nada, y un bolsillo vacío con la meticulosidad de quien ha contado el saldo cuatro veces esperando un error. En la sociedad gastronómica de Santa Oliva, cuando algo en la cocina se estropea, siempre hay alguien con alambre, con hilo, con la solución provisional que aguanta hasta que se puede arreglar bien. Aquí no hay nadie con alambre. Aquí estoy yo, solo, con una mochila que hay que cargar en el brazo como si fuera una maleta de cartón de los años cincuenta.

Lo que hice, al final, fue volver al hostel, buscar en el fondo de la mochila el trozo de cuerda de paracaídas que guardaba desde hace meses sin saber para qué, y atar la correa rota al arnés superior con un nudo que no es elegante pero que aguanta. No es una solución, es otro parche, y lo sé, pero mañana los talleres abren y entonces veremos qué se puede hacer con esta correa y si hay que reemplazar la mochila entera o solo el sistema de suspensión. Eso sí que va a costar dinero que ahora mismo no tengo, lo cual convierte mañana en un problema de otro calibre. Por ahora el nudo aguanta.

Tiré el termo en una papelera de la Rua da Boa Nova, cerca del arco de entrada al casco viejo. No pesa nada ya, la mochila, con una sola cosa menos dentro.

Imprescindible en Ponta Delgada, Portugal

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