La correa de la mochila se partió del todo esta mañana, no de golpe sino de la manera más irritante posible: un hilo, luego otro, luego un sonido sordo cuando el remache cedió contra el costado del banco de piedra donde estaba sentado, frente a la Praça do Município. El parche que había improvisado hace cinco días con un trozo de cordón y voluntad pura duró exactamente lo que duró. Ahora la mochila cuelga de un solo hombro como si yo fuera alguien que lleva las cosas a medias, que no termina las cosas.
Me quedé mirando el remache en el suelo. Es un objeto ridículo, un disco de metal de menos de dos centímetros, y aun así es el objeto más importante que tengo ahora mismo porque sin él la correa no va a ningún lado. Lo recogí. Lo guardé en el bolsillo pequeño de los vaqueros, que ya está lleno de cosas que no sé dónde más poner.
La cuestión era la aguja. Tenía una, de esas de tapicería con la punta curva, que había conseguido hace nueve días cuando el primer contratiempo me obligó a remendar otra cosa que tampoco voy a enumerar. La guardé en el bolsillo interior de la mochila, envuelta en papel de aluminio doblado tres veces para que no se me clavara. Esta mañana abrí el bolsillo interior y el papel de aluminio estaba, pero la aguja no. No está. No hay explicación razonable para que una aguja desaparezca de un bolsillo con cierre de cremallera, pero tampoco hay explicación razonable para muchas cosas que han pasado en las últimas semanas, y he dejado de buscarlas.
Sin aguja no puedo coser. Sin dinero no puedo comprar una. El razonamiento es así de corto y de brutal.
Estuve una hora larga en esa plaza con la mochila abierta sobre las rodillas, revisando cada compartimento dos veces, vaciando el bolsillo lateral donde guardo el cargador, sacando la bolsita de aseo, inclinando la tela para que la luz de las once de la mañana entrara hasta el fondo. Nada. Un señor mayor que barría la acera frente al ayuntamiento pasó cuatro veces por delante de mí sin decir nada, aunque la cuarta vez ralentizó el paso lo suficiente para que yo notara que miraba el desastre de objetos que tenía repartidos por el banco. No le pregunté nada. No iba a preguntarle nada.
Al final recogí todo, me puse la mochila al hombro sano y bajé por la Rua Doutor Nuno Silvestre Teixeira con la correa buena agarrada con la mano derecha como si fuera un asa de bolso de mercado. Frente a A Baiana había dos hombres hablando apoyados en una furgoneta blanca con la puerta trasera abierta, y dentro de la furgoneta vi, entre cajas, un rollo de hilo encerado del grosor exacto que necesitaba, el tipo marrón oscuro que usan para coser lonas. Pregunté si podían darme un metro, dos metros, lo que pudieran. Uno de los dos me miró como si la pregunta fuera en otro idioma. El otro, sin decir nada, cortó un trozo con una navaja y me lo pasó. No largo, quizás setenta centímetros, pero algo.
El problema sigue siendo la aguja.
El hilo está ahora enrollado en el remache, dentro del bolsillo de los vaqueros, esperando una solución que todavía no tengo. La mochila cuelga. El sol de agosto en Porto Santo no tiene ninguna consideración por nadie, y yo llevo aquí parado demasiado tiempo como para que esto parezca una pausa.
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