«Si le metes hilo encerado aguanta hasta el invierno», me dijo el tipo de la ferretería de Barrington Street sin mirarme a los ojos, concentrado en ordenar un cajón de tornillos que ya estaba ordenado. Le creí durante diez minutos. Luego el hilo encerado cedió en la primera tensión real y la correa izquierda de la mochila quedó colgando exactamente igual que antes, con los mismos hilos deshilachados moviéndose como antenas inútiles.

Seis días en Halifax y todavía cargo la mochila con el brazo derecho doblado por debajo, como si fuera un bebé o un paquete que nadie quiso abrir. El zipper secundario ya no cierra del todo, apenas llega al ochenta por ciento del recorrido y ahí se queda, protestando con un chasquido seco cada vez que intento forzarlo. He aprendido a no forzarlo. Es una pequeña victoria táctica dentro de un panorama que, si lo miro con frialdad, no tiene nada de victorioso.

Esta tarde terminé en un bar cerca del puerto, de esos que tienen las paredes de madera oscura y huelen a cerveza de barril y a algo vagamente marino que nadie puede identificar con precisión. Puse la mochila sobre la barra, al lado de un vaso de agua que el barman me dejó sin preguntar, y la examiné otra vez con la lógica de alguien que tiene mentalidad de builder y cero materiales con qué construir nada. Si algo no existe, lo monto. El problema es que esto ya existe, solo que roto, lo cual no es exactamente el mismo punto de partida. La correa tiene un orificio donde antes había una hebilla de plástico reforzado, y esa hebilla está en algún zaguán de Dartmouth desde anteayer, cuando cedió del todo al subir un bordillo sin prestar atención. Ayer intenté el hilo encerado. Hoy el hilo encerado me demostró que sabe más de materiales resistentes que yo.

El barman, un hombre de unos cincuenta años con una camiseta del Halifax Mooseheads desgastada en el cuello, me miró la mochila un momento y luego me miró a mí con esa expresión que tiene la gente cuando decide no preguntar. Agradecí el silencio. En el fondo del local dos hombres jugaban a los dardos con una seriedad que el deporte de los dardos no termina de merecer, y la tarde pasaba por las ventanas pequeñas con esa luz anaranjada larga que tiene el verano marítimo cuando se resiste a caer.

Hay algo que no cuadra en quedarse, y lo sé. No es una decisión noble ni estratégica. Es más bien la constatación de que moverse requiere energía que ahora mismo tengo que distribuir con cuidado, y que Halifax, a pesar de sus incomodidades prácticas, no me pide nada que no pueda gestionar a pie. Spring Garden Road de mañana, el waterfront cuando el viento lo permite, la mochila bajo el brazo como si siempre hubiera sido así. Hace cinco días hubo un problema mayor con un servicio que uso para organizar ciertas cosas, y eso me costó más de lo que me gustaría admitir en términos de tiempo y estabilidad mental. Desde entonces he simplificado: menos cosas que puedan fallar, menos puntos de dependencia. La correa es la excepción porque la correa no es opcional.

Saqué el hilo encerado del bolsillo delantero, el único que cierra bien, y lo miré un momento antes de guardarlo. No lo tiré. Eso me dice algo sobre el estado en que están mis criterios de descarte.

El barman pasó un trapo por la barra, cerca de la mochila pero sin rozarla. La tarde anaranjada siguió cayendo hacia el agua del puerto, sin prisa, como si también estuviera decidiendo si quedarse un poco más.

Imprescindible en Halifax, Canadá

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