El Nilo, visto desde el puente 26 de Octubre a mediodía, no tiene nada de místico. Tiene ese color entre gris y marrón que tienen los ríos grandes cuando el sol cae perpendicular y aplana todo: el agua, los edificios al otro lado, incluso el ruido. El tráfico aquí no honka como en otras ciudades, honka en serio, en capas superpuestas, y yo estaba ahí plantado en medio del puente con la mochila colgando rara porque la correa izquierda lleva tres días sujeta con cinta de embalar y esta mañana la cinta cedió un poco más, así que ahora la cargo ligeramente torcida, como si caminara con un hombro caído.

Llegué a El Cairo esta mañana con el saldo en cero. No como expresión, no como "casi sin nada": cero. Lo que pasó antes de subirme al avión en Heraklion fue una acumulación de cosas que no tiene mucho sentido detallar, porque al final da igual el orden, el resultado es el mismo. Fallo de una plataforma de pagos que bloqueó fondos, y encima dos cargos inesperados que salieron mientras yo estaba intentando resolver el primero. El día empezó fatal y no mejoró hasta que estuvo terminado.

Así que aquí, primer día en esta ciudad, lo primero que hice no fue buscar el barrio, ni orientarme, ni nada de lo que uno hace cuando llega a un sitio nuevo con energía. Lo primero fue calcular qué tenía disponible en efectivo físico y qué no, que es un ejercicio bastante deprimente cuando la respuesta es «muy poco y en otra moneda». Crucé el puente a pie porque no tenía sentido gastarlo en un taxi, y al menos eso me dio veinte minutos para ver el Nilo de cerca, lo cual, lo reconozco, vale algo. No mucho, pero algo.

Terminé en Khan el-Khalili sin haberlo planeado exactamente así, más bien siguiendo a la gente que parecía saber a dónde iba. El mercado a mediodía de domingo tiene menos turistas de lo que esperaba y más vendedores que se aburren, lo cual cambia el ambiente: nadie te persigue, te miran desde sus sillas con esa indiferencia profesional que en realidad es una forma de invitación. Compré una figurita de bronce pequeña, del tamaño de un pulgar, por lo que pedía el tipo porque ya no tenía energía para regatear. Una especie de figura sentada, indefinida, podría ser cualquier cosa.

A los cinco minutos, en la calle de fuera, un hombre de unos sesenta años con gafas de montura gruesa me paró con mucha calma y me señaló la bolsita donde guardé la figurita. Me dijo, en un inglés muy correcto y sin urgencia, que llevaba treinta años en el negocio de antigüedades y que esa pieza, si era lo que él creía que era, era del período ptolemaico. Me lo explicó con detalle: el tipo de aleación, la postura, una marca en la base que yo no había visto. No me pidió nada, no intentó comprármela. Se quedó un momento, añadió «puede que no sea nada, claro», y se fue.

Me quedé ahí con la bolsita en la mano sin saber qué hacer con esa información. Qué haces con eso. Si es verdad, la compré por nada y no tengo ni idea de qué significa eso legalmente ni prácticamente. Si no es verdad, es una historia rara que me contó un desconocido en una calle de El Cairo el primer día. En cualquier caso, la figurita pesa menos de cien gramos y cabe en el bolsillo lateral de la mochila, el único que cierra bien todavía.

La correa sigue cediendo. Mañana tengo que encontrar cinta nueva antes de que ceda del todo.

Imprescindible en El Cairo, Egipto

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