Jeddah a las tres de la tarde huele a sal y a escape de autobús, y yo llegué con el vuelo ya sin saber muy bien si quería estar aquí o si simplemente no había otro sitio adonde ir. La correa izquierda de la mochila aguantó hasta la cinta de equipaje, donde la chapuza de cinta americana que le hice hace no sé cuántos días se despegó por una esquina y ahora cuelga como si la mochila me estuviera haciendo una señal. Una señal de qué, no sé. De que todo se está deshaciendo un poco, supongo.

Me fui directo al Corniche porque era gratis y porque la alternativa era quedarme parado mirando un mapa en una calle sin sombra. El paseo es largo, más de lo que parece en las fotos, y tiene esa cosa rara de los paseos marítimos diseñados para coches que pasan a velocidad de autopista: uno camina por el borde del mundo mientras el tráfico hace lo suyo a un metro y medio. La fuente del rey Fahd estaba en funcionamiento, ese chorro de doscientos metros que la ciudad tiene puesto ahí como un cartel de neón gigante que dice "aquí hay dinero". Vista desde la orilla, a contraluz, es efectivamente impresionante en el sentido en que lo es una central eléctrica o una grúa de puerto: una escala que no pide permiso. No me generó ningún sentimiento especial, lo cual probablemente dice algo sobre mi estado de ánimo, o sobre la fuente, o sobre las dos cosas a la vez.

En Al-Balad me perdí. No de forma interesante ni con historia detrás, sino de la forma tonta en que uno se pierde cuando las calles no tienen nombre visible y Google Maps insiste en mandarte por un callejón que termina en una puerta de madera cerrada. Los edificios con las mashrabiyas de madera son buenos, eso sí lo admito: hay uno en la calle que baja hacia el sur, pintado de un ocre que se descascara en tiras regulares, con una ventana de celosía que alguien ha reparado con tablones nuevos sin lijar. El contraste es feo en el sentido en que las cosas sin presupuesto son feas, pero también es honesto.

Un hombre que vendía dátiles y frutos secos en una esquina me preguntó si me había perdido, y no como pregunta retórica. Le dije que sí, que buscaba la calle principal, y él señaló con el codo porque tenía las manos ocupadas pesando algo en una balanza de las de platillo que ya no debería existir en 2026 y que sin embargo existe ahí, oxidada y perfectamente funcional. Le di las gracias. No compré nada porque no podía comprar nada. Él ya estaba pesando otra cosa.

Hoy me cayeron encima tres golpes seguidos antes de llegar aquí. Tres veces el mismo tipo de problema en el mismo día, lo cual deja de ser mala suerte en algún punto y empieza a parecerse a un patrón, aunque no sé de qué. El resultado es que llegué a Jeddah con lo justo para existir y sin margen para nada que cueste dinero, lo cual limita bastante las opciones en una ciudad donde el taxi mínimo son veinte riyales y el café en cualquier sitio con aire acondicionado cuesta el doble.

Hay un festival histórico en el barrio, carteles por todas partes con caligrafía dorada, stands montados que todavía no han abierto o que ya cerraron, no sé. Pasé por delante de uno que olía a incienso de los baratos, de esos con un fondo dulce que tapa algo que no quieres oler, y seguí caminando.

La cinta americana de la mochila se ha vuelto a despegar del todo. Llevo el peso del lado derecho, un poco torcido, y tengo que seguir moviéndome porque no hacerlo tampoco es una opción ahora mismo.

Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí

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