El Stone Arch Bridge huele a humedad y a gasolina quemada por algún barco que pasó hace horas. Son las ocho de la mañana y ya hay calor, ese calor húmedo de Minneapolis que se pega a la ropa antes de que uno haya hecho nada para merecerlo. Vine aquí porque anteayer dejé algo sin resolver y no podía seguir ignorándolo.

Anteayer encontré un tipo en la esquina de Marshall Street que repara bolsos y mochilas desde una mesa plegable debajo de un toldo de lona verde. No tenía letrero, solo la mesa y una caja de cremalleras ordenadas por tamaño como si fueran tornillos en un taller. Le mostré la mochila, la cremallera rota, le pregunté cuánto. Me dijo que volviera en dos días porque no tenía el tiro del tamaño correcto. Así que hoy volví.

El tipo estaba ahí. La lona verde, la caja de cremalleras, todo igual. Buscó en la caja, sacó un tiro pequeño de metal plateado, lo enganchó en treinta segundos y me cobró dos dólares con cincuenta. La cremallera funciona. No hay mucho más que decir sobre eso, salvo que me alivió más de lo que debería haberme aliviado una cremallera.

Desde el puente se ven los pilares de piedra de los viejos molinos y el río abajo, ancho y marrón, sin ningún glamur particular. Me gusta el puente precisamente porque no intenta ser bonito: es un arco de acero y granito que cruza el Misisipi porque tiene que cruzarlo, no para que nadie le saque fotos. Aunque claro, yo estaba ahí sacándole fotos.

Mañana es cuatro de julio. Esta noche los bares del Northeast llevan desde ayer colgando banderas y poniendo hielo en las neveras portátiles. En un bar de la 22nd Avenue vi un cartel escrito a mano que decía «cerveza fría, patriotismo opcional», lo cual me pareció bien. Minneapolis tiene esa tensión específica de las ciudades que saben que su historia y la narrativa oficial del festejo no encajan perfectamente, y aun así ponen las banderas porque el verano lo pide y la cerveza no se vende sola.

Comí en el Hai Hai porque era lo que me podía permitir sin hacer cálculos angustiosos: el tazón de arroz con pollo costó doce dólares con propina razonable incluida, y me sentó bien aunque el café que pedí después era de esos que tienen demasiado hielo y muy poco café. No pedí nada más. Tengo la costumbre de revisar el menú dos veces cuando el dinero está ajustado: la primera para ver qué quiero, la segunda para ver qué tiene sentido pedir. Rara vez coinciden.

Llevo semanas acumulando pequeños golpes de los que no hablo directamente porque no hay mucho que contar: cosas que se retrasan, cosas que cuestan más de lo previsto, energía que se va antes de que termine el día. Hace cinco días fue uno de esos días. Y el de hace siete, y el de hace ocho, y el de hace nueve. No es dramatismo, es aritmética. Cuando juntas seis de esos días seguidos, el resultado no es una crisis, es un agotamiento de fondo que no desaparece aunque duermas bien.

Hoy no me moví demasiado. Fui al puente, recogí la mochila, comí, me senté en un banco de madera frente al río durante cuarenta minutos sin hacer nada concreto. Eso también es una decisión, aunque no parezca. Hay días en que quedarse quieto donde estás es más difícil que moverse, porque moverse da la ilusión de que estás resolviendo algo. Hoy preferí no tener esa ilusión.

Un niño pasó corriendo por el paseo del puente con una banderita de plástico en la mano y la perdió al doblar la esquina. La banderita quedó en el suelo, moviéndose un poco con el aire del río.

Imprescindible en Minneapolis, Estados Unidos

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