Hay una baoli en Mahatma Gandhi Marg que no aparece en ningún cartel turístico que yo haya visto. Encontrarla cuesta algo de esfuerzo, o al menos me ha costado a mí, que he tardado veinte minutos dando vueltas por una calle que el mapa marcaba como recta y que en la realidad tiene dos codos y un tramo cerrado por obras. Cuando por fin he encontrado la entrada, medio oculta entre una tienda de lonas de plástico y un puesto de fotocopia que olía a tóner quemado, he bajado los escalones convencido de que el sitio estaría vacío, porque en Delhi los sitios así suelen estar vacíos o llenos de palomas: no hay término medio.

Estaba vacío. Y eso, tengo que admitirlo, me ha parecido estupendo, no porque la soledad sea mágica ni ninguna de esas cosas que se escriben en los blogs, sino porque el silencio en el fondo de un pozo escalonado tiene una textura distinta al silencio de cualquier otro sitio. El agua abajo, verde oscura, casi quieta. Las piedras del paramento llevan nombres grabados en urdu que no sé leer, y hay una grieta diagonal en el tercer nivel desde la que cuelga una planta seca, y no sé si eso es abandono o arquitectura deliberada. La idea de que alguien en el siglo XIV diseñó esta geometría de descenso para que el calor se volviera soportable me parece una de esas soluciones que suenan absurdas hasta que estás dentro y notas que hace cuatro grados menos que en la calle. Entonces la lógica interna se vuelve obvia y te preguntas por qué tardaste tanto en bajar.

He subido al cabo de media hora porque me rugía el estómago y porque tenía pendiente la cuestión del almuerzo, que no es una cuestión menor con lo que me queda en el bolsillo. Moti Mahal, en Dakhni Rai Street, lleva décadas en la ciudad y los precios lo saben: no es caro para lo que es, pero tampoco es barato para lo que yo tengo. He hecho el cálculo dos veces en la acera, de pie, con el sol pegando en la nuca, y al final he entrado. A veces la disciplina de no gastar se convierte en una forma de castigarse sin motivo, y el pollo con salsa de tomate que me ha puesto el camarero estaba lo suficientemente bueno como para no arrepentirme, aunque la porción de arroz era escasa para el precio.

Entre la baoli y el restaurante he parado en una farmacia pequeña, en un local con el suelo de baldosa verde y un ventilador de techo que giraba sin convicción, porque llevaba días con una rozadura en el talón que no terminaba de cicatrizar. He esperado sentado en un banco de plástico naranja mientras el farmacéutico atendía a una señora mayor que tenía preguntas muy precisas sobre un jarabe. El banco tenía un tornillo suelto en la esquina derecha y se movía cada vez que el ventilador empujaba el aire hacia ese lado. He mirado el techo durante diez minutos y he pensado en el mochilero francés de ayer, el que me invitó a su mesa en el chai dhaba de Paharganj y habló hasta que se hizo de noche. No sé si volveré a cruzármelo; no lo he buscado hoy, y me pregunto si debería haberlo hecho. Probablemente no. Hay conversaciones que duran exactamente lo que tienen que durar y alargarlas por buena voluntad las echa a perder.

El farmacéutico me ha vendido una crema sin hacerme ninguna pregunta innecesaria, lo cual he agradecido.

He vuelto caminando despacio hacia el hotel, por una calle con puestos de marigold que olían más a humedad que a flores, y en la acera había un perro durmiendo en el centro exacto del paso, sin ninguna intención de moverse. Nadie lo rodeaba: la gente lo esquivaba sin mirarlo, como si llevara ahí desde siempre.

Imprescindible en Nueva Delhi, India

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